No planeé convertirme en diseñador de pasta. Ocurrió lentamente, casi por accidente.

Soy venezolano y llevo aproximadamente doce años viviendo en Brasil. Antes de la pasta, mi vida giraba en torno a la ciencia: estudié Química en Venezuela, hice mi doctorado en España y trabajé como investigador en distintos países de Europa. Laboratorios, experimentos, datos. Ese era mi mundo. Cuando me mudé a Porto Alegre para continuar mi trabajo académico, también buscaba en silencio algo más, aunque todavía no sabía qué era.

Ese algo más tenía un nombre que había llevado conmigo durante años: gastronomía. Siempre quise estudiarla formalmente, y en Porto Alegre finalmente vi la oportunidad. Así que en 2016, mientras aún trabajaba en la universidad como investigador, me inscribí en un programa culinario profesional: dos mundos en paralelo, el laboratorio de día, la cocina de noche.

Durante esos estudios culinarios comencé a hacer pasta fresca. Al principio era curiosidad, solo harina, huevos, agua, cosas simples convirtiéndose en algo vivo. Empecé a hacer pasta todo el tiempo, probando texturas y técnicas hasta que apareció el color. Colores naturales, pequeñas variaciones, resultados inesperados. Fue entonces cuando dejó de ser solo comida y empezó a sentirse como un lenguaje.

En 2019 hice una lámina de pasta inspirada en la obra de Carlos Cruz-Diez, uno de los artistas cinéticos venezolanos más importantes y una referencia personal. Recrear su trabajo en pasta lo cambió todo: ver el arte traducido en masa me hizo entender que la pasta podía ser más que un vehículo para la salsa. Podía cargar ideas, memoria, identidad.

A partir de ese momento, comencé a ver la pasta como un lienzo. Si los chefs pueden crear arte en el plato, ¿por qué la pasta misma no podría ser parte de esa expresión? Comencé a estudiarla de la misma manera en que solía estudiar química: ingredientes, colores naturales, estructura, investigando, fallando, ajustando, intentando de nuevo. También miré fuera de la gastronomía, aprendiendo de artesanías como la cerámica, el vidrio y los textiles, cualquier disciplina donde las manos, el material y el tiempo importan.

Durante la pandemia, ese proceso se intensificó. Con tiempo para experimentar y sin reglas claras que seguir, mi trabajo se volvió más personal y más preciso. El diseño de pasta, para mí, se siente como estar de vuelta en un laboratorio, pero con la intuición jugando un papel más importante: mi formación científica me ayuda a entender lo que está ocurriendo, y mi amor por la comida es lo que lo mantiene vivo.

Todo lo que hago se elabora a mano, sin máquinas industriales ni atajos, solo herramientas simples, paciencia y métodos desarrollados a lo largo de años de prueba y error. Trabajo únicamente con harina, huevos o agua, y colores naturales; cada pigmento se comporta de manera diferente, cada masa tiene su propio carácter. Nunca controlas del todo el resultado, y esa incertidumbre es parte de la belleza.

Lo que vino después fue gradual y no planeado. Las personas comenzaron a encontrar mi trabajo a través de las redes sociales: chefs, amantes de la comida, diseñadores de distintas partes del mundo, y poco a poco entendí que lo que estaba haciendo resonaba más allá de mi propia cocina. Entonces llegó la pregunta que no esperaba: ¿estás vendiendo tu pasta? Cada vez más personas preguntaban, y fue ahí cuando me di cuenta de que esto no era solo un proyecto de pasión, sino algo con vida propia.

Por un tiempo mantuve ambos caminos en paralelo, investigador y diseñador de pasta, pero eventualmente uno tuvo que ganar. Dejé mi trabajo como químico para dedicarme por completo al diseño de pasta.

Hoy creo pasta con mis propios diseños, desarrollo piezas personalizadas y colaboro con chefs, marcas y proyectos creativos. Sigo experimentando, sigo aprendiendo, sigo persiguiendo ese momento en que la técnica, el color y el sabor encajan.

Esto no es solo pasta. Es el resultado de la curiosidad, la obsesión, los errores y el amor por el proceso.